La
globalización, aquel fenómeno que ha venido haciéndose cada empezo a hacerse cada vez más evidente en la ultima decada del siglo XX y en las primeras del siglo XXI, y que en una primera instancia se trato de limitar hacia un entorno socio-económico, ha
venido permeado uno de las tradiciones más antiguas del ser humano, el mal denominado
arte de hacer la guerra, lo que se ha traducido entonces en que se vaya vislumbrando con mayor evidencia una
diferenciación entre las guerras viejas y las guerras en medio de un mundo globalizado e interconetado; podriamos decir que
estas diferencias inicialmente parten desde sus objetivos, continuan con los métodos de lucha y culminan con las fuentes de financiamiento que los participantes del conflicto obtienen y utilizan; podemos referirnos al texto escrito por Ronderos
cuando emplea la expresión “Los objetivos de las nuevas guerras
se sujetan al carácter identitario, a diferencia de las guerras anteriores,
motivadas por intereses principalmente ideológicos. Se intensifican tensiones
resaltadas en las diferencias étnicas, identitarias, culturales y nacionales en
función a intereses económicos y geopolíticos. Estas estrategias vienen
acompañadas por matanzas masivas, reasentamientos forzosos, masacres, evidentes
desde el genocidio al pueblo armenio por Turquía, pasando por la masacre de los
Tutsis perpetrada por los Hutus en Ruanda, hasta la actual ofensiva israelí
contra el pueblo palestino. Lo anterior explica en buena medida el incremento
de víctimas civiles en las nuevas guerras.” (Ronderos, pag 2).
Partiendo entonces de un escenario geopolítico diferente
circunscrito a un ámbito diferente, podemos apreciar como las nuevas dinámicas
que definen los conflictos bélicos, los cuales evidencian un rompimiento con
los elementos que habitualmente definían las guerras debido a la brecha creada
entre una política de identidades
particularista y una política de valores
cosmopolita.
Ahora bien, considerando el caso Colombiano, podemos apreciar como
el crecimiento de las FARC, respondía inicialmente a un carácter orientado a
ganar control territorial y no clasista, con las extorsiones cobradas a las
clase burguesas, lo que de cierto modo generaba una tolerancia por parte del resto
de la población, dado que la relación extorsiones - seguridad generaba una
relación provechosa para ambas partes; no obstante, en la medida en que los
requerimientos de financiación fueron incrementándose con el fin de
contrarrestar las dinámicas estatales de contrainsurgencia, se hizo necesario
alterar de manera significativa las fuentes de financiamiento, generando una
disolución de la cooperación que se venía dando, no es extraño entonces que la
cantidad de secuestros con fines extorsivos se haya incrementado y que
adicionalmente se adicionase las clases media y baja dentro como nuevas
víctimas potenciales para los delitos previamente mencionados.
Se puede evidenciar la ausencia de un sentido ideológico que
responda a consideraciones étnicas, de hecho cada vez se han reducido las
distinciones políticas, en las dinámicas de las nuevas guerras.