Es bastante sintomática la coyuntura actual de nuestra nación: creemos que algunas cosas “están bien” y, al mismo tiempo, nos aterra ver otras. Resulta curioso que llamemos “vivo” a quien, valiéndose de artimañas, se aprovecha del otro para su propio beneficio; o a quien se hace el de la vista gorda cuando debería devolver algo que no le pertenece. Nuestra hipocresía y doble moral se han convertido en parte del paisaje cultural.
Cambiamos a un tirano a más de diez mil kilómetros de distancia por un grupo de tiranos a pocos kilómetros; nos dejamos arrastrar por caciquismos políticos, por peleas ideológicas, religiosas y morales, y al final seguimos estancados en un período histórico que debió haber terminado hace mucho. Nos olvidamos de crecer como nación y, en su lugar, parecemos un conjunto de sectas que buscan su propia reivindicación como grupo.
Estamos llenos de maniqueísmos. No hay robos buenos y robos malos: robo es robo. Claro que hay agravantes: no es lo mismo robarle recursos a una persona que robárselos a más de cuarenta millones de ciudadanos. En ambos casos se comete un hurto, pero lo usual es que en la primera situación se termine en la cárcel, mientras que en la segunda se mueven influencias y se termina en libertad, pagando casa por cárcel o una pena irrisoria.
Existió un político colombiano que manifestó abiertamente que era necesario llevar la corrupción a sus “mínimos niveles tolerables”. Eso, en la práctica, se traduce en: convivamos con la corrupción porque no podemos eliminarla. Sin embargo, lo cierto es que no existe un nivel tolerable para esa práctica, y menos en el contexto de nuestra realidad socioeconómica. De hecho, hay afirmaciones ampliamente citadas —por ejemplo, que entre 2008 y 2010 “8 de los 10 países con mayor desigualdad de ingresos” se encontraban en América Latina— que reflejan la gravedad histórica del problema. Aun hoy, la región sigue en una trampa de alta desigualdad y bajo crecimiento, y la concentración del ingreso continúa siendo extremadamente alta. Por eso, la corrupción debe ser intolerable.
Culpamos a los burócratas de la corrupción; nos quejamos con frecuencia de la calidad de los servidores públicos y políticos, pero olvidamos que votamos por ellos. Nos quejamos del maltrato de los empleadores, pero agachamos la cabeza; ignoramos cómo hacer valer nuestros derechos. Vivimos con miedo de hacer, de decir y de sentir. Olvidamos que somos el alma de las empresas y que, por eso, ellas requieren más de nosotros que nosotros de ellas; del mismo modo que son los políticos quienes nos necesitan para alcanzar sus nombramientos, y que es el Estado quien nos necesita.
Se debe poner un alto a la mediocridad, al maniqueísmo, a la falta de valores. ¿Dónde está el hacer por convicción y no por simple temor? ¿Dónde queda el punto en el que al robo se le llame robo y no “viveza”? ¿Dónde está el momento en el que dejemos de ser un país de cacos y nos convirtamos en un país con un alto sentido de la ética, donde el cumplimiento de las normas y las leyes se dé por convicción?
Pasamos la vida preocupados por lo que hace el otro, sin darnos cuenta de lo que hacemos nosotros: del semáforo en rojo que nos comimos porque no nos vio el guarda de tránsito; del individuo al que estafamos sin que se diera cuenta porque “para qué dio papaya”; del abuso que cometimos porque “para eso es el empleado”; de cómo hablamos de “sentido de pertenencia” y “compromiso” cuando, en realidad, estamos justificando esclavitud y explotación; del “enriquecernos ya” sin importar a quién nos llevamos por delante.
Parece “mejor” construir nuestra democracia con ataques personales en vez de presentar ideas. ¿Será ese el motivo por el cual nuestra patria aún no ha salido del período de la “Patria Boba”? ¿O será que todavía no nos damos cuenta de las grandes riquezas que tenemos? Preferimos vivir parasitando del Estado, esperando que nos salve cuando nosotros mismos cometimos los errores. ¿Hasta cuándo esperaremos que alguien más asuma nuestras responsabilidades y cargue con nuestras consecuencias?
(1) Fuentes sugeridas para sustentar el punto de desigualdad: PNUD (Informe Regional 2013–2014) y CEPAL (Panorama Social 2025).